Y había sido todo deprisa y corriendo, aprovechando laudes del día anterior al día anterior, y como pájaro de mal agüero por toda la noche y todo el día había llovido a cántaros, como si el cielo mismo dijera que estaba haciendo algo que no debía hacer. Era al amanecer de ese día que iban a ahorcar a Juan y dejarle a secar sin recogerlo, y sin que los mismos monjes fueran a saltar al claustro a bajarle de la soga, porque les habían cortado la lengua, o eso decían, para que callaran no salieran de sus celdas más que para ir al coro, y no debían acercarse al claustro, so pena de excomunión.
Urraca poco sabía, si no es que directamente no sabía nada, pero estaba más muerta que viva cuando saltó la tapia mientras las campanas de laudes tapaban sus pasos y pudo avanzar por la galería a oscuras, palpando con las manos entumecidas que apenas asomaban bajo la capa negra que le robó a la vieja Sol.
En el silencio atronador había recorrido descalza el claustro, tan enorme que hubiera cabido un ejército entero, y donde ya habían levantado el cadalso. Bajo la túnica pardusca saca el ovillo de sedal y rodea con un cabo una de las columnas del patio. La piedra está helada y resbala, se le atontan las rodillas de hacer fuerza para trepar y la capa se le lía y no la deja subir, pero teme que su túnica o su piel amoratada brillen en la oscuridad si la aparta. Consigue alcanzar el capitel de la columna y engancha la vuelta del cabo de la vieja Sol en un saliente romo. Deshace el camino y deja el doble hilo reposar flojo, muy flojo sobre el cadalso; el hilo es tan fino que ni durante la mañana más clara podrá verse, pero debe apartarse del tránsito o descubrirán su juego, y a Juan se lo comerán los buitres, porque estando escondido el provenzal en el monasterio, ni un solo monje desobedecerá órdenes.
Tiene el rey frío en el espinazo, había dicho la vieja Sol, pero Urraca no quería saber más historias de la boca podrida de la vieja, suficiente tenía con los latigazos que se había llevado por servirle como abortera en los días fríos en los que las piernas deformes de la vieja Sol no la dejaban salir de su cueva.
Pero iban a ahorcar a Juan al amanecer próximo no, al siguiente, y la puerta del monasterio sólo se iba a abrir un día para que entraran las sacas de trigo, y ahí tenía que ir Urraca escondida y tenía que salvar a Juan de la horca y estando condenado a muerte sólo la vieja Sol podía tener algo que cambiara las tornas, así que había corrido a la cueva, y había olvidado los latigazos, y se había quitado la túnica y había dejado a la vieja Sol hacer con sus dedos retorcidos todo lo que quisiera con ella.
Y ahora está ahí, con el ovillo de hilo finísimo que le resbala por la piel, dejando un reguero doble de hilo flojo flojísimo para que nadie tropiece con él. Y del otro lado del claustro en el pasillo hay una hornacina en la que nunca entra la luz, le ha dicho la vieja Sol, y ahí se dirige y se esconde bajo la figura de piedra de un santo helado, arrebujada en la capa y respirando flojito, apresando entre los dedos el último extremo que puede agarrar del sedal, si quiere dejarlo suelto como para que lo pisen sin tropezar con él los monjes silenciosos que ya vuelven por la galería, en fila de a dos.
Le había preguntado a la vieja Sol como podía saber tanto del monasterio si nadie que entrara al monasterio volvía a salir salvo los sacos vacíos, y ella se había reído con su risa de espectro, y le había dicho guiñando mucho los ojos si creía que era la primera que iba a entrar entre los sacos. Quita, niña, quita, que no vaya otra como tú escondida en el carro, que los monjes aunque no tengan lengua son hombres, y saben que tú sí la tienes y qué sabes hacer con ella...
Urraca había cerrado los ojos y pensado fuerte en Juan colgando de la horca para no ver a la vieja Sol lamiendo debajo de los hábitos de los monjes, porque no podía imaginarla menos vieja y menos sucia que la vieja Sol de ahora, y hasta después del calabozo y los latigazos era capaz de sentir náuseas al imaginar cosas terribles. Los había cerrado tan fuerte que se había balanceado y casi tiró al suelo una retorta verde en la que hervía algo. Una sonora bofetada le había hecho temblar los dientes y a tirones de pelo la llevó la vieja Sol a un rincón de la cueva donde no rompiera nada. Pero al final el alambique en el que trajinaba la vieja había empezado a escupir algo, de los trozos de bronce que había arrancado Urraca de las lanzas viejas de los soldados que la azotaron, y de los mil mejunjes que tenía guardados la vieja Sol; escupía un hilo finísimo que brillaba a la luz del fogón, y que al enfriarse hizo una madeja que ellas hicieron ovillo. Después la vieja Sol la había dejado vestirse y marchar, con su capa negra bajo la túnica.
Cuando abrió los ojos el sol brillaba con fuerza y hasta en la hornacina había algo de claridad. De tan entumecida creyó que no volvería a moverse y aterrorizada se quedó quieta mientras trataba de volver a sentir sus manos. En sus dedos ateridos seguían prendidos los dos cabos del sedal. No se atrevió a tirar, porque se oían monjes pasando, ni menos a asomar la cabeza. Faltaba aún para tocar a vísperas, la garganta le ardía de sequedad, y la capa olía a las ratas muertas que comía la vieja Sol.
Al tocar maitines y pasar en fila de a dos los mudos monjes, volvió a atreverse a saltar al suelo, desplegar la capa, alisar los pliegues de la túnica que se le habían hincado en la carne, y olvidando el enésimo sacrilegio había bebido de la pila de agua bendita hasta que la garganta se le vació de pez.
Al volver a la hornacina tuvo un momento de miedo, al no encontrar los cabos del sedal. Cuando chirriaban ya las puertas del coro los encontró y volvió a esconderse. Y ahora faltaba poco para que trajeran a Juan.
Dónde estaba Juan es algo que no había pensado, al fin y al cabo el monasterio no se abría más que para que entraran los sacos de trigo, y si los monjes no tenían lengua, Juan si, y no iba a esperar a la muerte sin gritar, pero Urraca no había oído nada. La intranquilidad azotaba, en esto no la había hecho pensar la vieja Sol.
Pasaron los monjes, y pasó laudes, y comenzó a amanecer y chirriaron las puertas que no iban a abrirse y por la galería se oyó un atronar de pasos y voces, del cortejo de militares que traía arrastrado a Juan. Urraca se tensó, y trepó apontocando con los pies en el santo hasta lo alto de la hornacina, tirando fuerte del hilo para que quedara tenso, casi tan alto como el travesaño del que iban a colgar a Juan.
Comenzó el desfile, y la sentencia, la mentira de la gallina robada, el olor a incendio en la casa del conde que atribuyeron a Juan mientras habían corrido a esconder al provenzal, o eso dijo la vieja Sol, le taparon la cabeza con un saco del que cayeron plumas, le siguieron las risas de los soldados, la soga alrededor del cuello, el chasquido, el latigazo de la soga al tensarse, el pataleo de Juan en el aire, el dolor en los labios de Urraca al atravesárselos con los dientes para no llorar. El desfile de soldados con su griterío alejándose y saliendo por ese portón que no iba a abrirse.
Urraca que se ha escondido tras el santo con sólo el brazo extendido vuelve a trepar a lo alto de la hornacina y aferra un cabo con cada mano, como si estuviera cabalgando a lomos del mismo diablo y dependiera de las riendas poder llegar al final. Una está tendida a cada lado de la cuerda, ahora cada cabo, que rodea la columna de enfrente, es mucho más corto, y la parte suelta tras sus manos hace cosquillas en sus tobillos. Acerca a la cuerda su finísimo sedal y comienza a hacer cizalla.
Este hilo está hecho de metal y aceite, le había dicho la vieja Sol. Si haces cizalla con él, romperá cualquier cosa. Cualquier cosa, niña, y cualquier cosa es cualquier cosa.
Juan se balancea en la cuerda, y aún de cuando en cuando patalea, aunque cada vez menos, y más flojo. Urraca prefiere no pensar y se concentra en la cuerda, en vez de recordarse a ella pataleando, primero debajo de Juan, después, y cada noche, encima.
El sedal va hendiéndose en la soga y va rompiendo fibra a fibra, cada vez que salta una, una levísima sacudida anima a Urraca a continuar. Pero la piel de sus manos también acusa la cizalla, el hilo es tan fino que le corta la piel, y va fileteando poco a poco sus palmas. El sol sube en el cielo y arranca algún brillo al sedal, mientras en la penumbra de la hornacina Sol puede ver su sangre resbalándole por las manos y haciendo escurrirse el hilo. Apenas ha cedido un tercio de la cuerda y Juan pende ahí, como un muñeco de paja. Mientras las manos se le van volviendo ampollas y llagas, Urraca no puede parar de pensar en Sancha, la criada de la señora. Sancha no es como Urraca, una sucia campesina metida a abortera. Sancha tiene varias túnicas, y va en el carro con el equipaje de la señora de su casa, y lleva el pelo recogido con un cordel con cuentas. Los dedos les arden y le hielan a la vez y busca espacios de piel sin abrir en el dorso de los dedos, para poder dar fuertes tirones. Y no puede evitar pensar en como Juan mira a Sancha aunque Urraca esté con él, y aunque Sancha jamás fuera a mirar a Juan porque Juan es buen mozo pero huele a porqueriza que es de donde viene y donde quedará. Sancha jamás le miraría, ni segaría con hilo y a costa de sus manos la soga que le ahorca. Urraca siente como las lágrimas le hacen arder aún más las manos, pero no puede evitar pensar en que como él mira a Sancha, jamás la ha mirado a ella.
Con las horas al fin cede la cuerda y cae Juan a plomo. Olvidando a los monjes Urraca corre al centro del claustro, donde no la sorprende nadie, y destapa la cabeza de un Juan abotargado y blando, que aún exhala un hálito débil. La raquítica Urraca lo envuelve en la capa y tira de él, sin que nadie les descubra. Va a escurrirse con su fardo por las galerías hasta llegar al ventanuco sobre el río por el que le ha dicho la vieja Sol que deben saltar, pero aún le da tiempo a mirar hacia atrás. Aunque no se ha preocupado de no hacer ruido no aparece nadie detrás de ellos. Siente un escalofrío y vuelve a escoger no pensar.
para chemawalkison